Cuerpos moldeados en serie.
Hay algo en estos tiempos de modernidad que no acaba de encajar en lo que podríamos llamar la evolución de las especies. De todos es sabido que la naturaleza, en su sabiduría, va adaptando muy lentamente, eso si, como si temiera tomar una decisión equivocada, a todos los seres de la creación para que, sus posibilidades de supervivencia, se ajusten a la evolución global de las otras especies del reino animal y vegetal. Sin embargo, la especie humana me temo que, como consecuencia del pecado original, está empeñada en adelantarse al tiempo; en corregir, con excesiva premura, lo que nuestros genes han decidido que debemos ser. La famosa “doble hélice” que descubrieron Francis Crick y James Watson, un británico y un estadounidense, reúne el código genético de cada persona, aquel que, entre otras funciones, determina nuestra apariencia externa y nos relaciona con los genes de nuestros padres, de los cuales conservamos una parte de cada uno de ellos. Así suele suceder que nuestro físico tenga una cierta semejanza con el de nuestros ancestros lo que, salvo caso de malformaciones patológicas, debiera constituir un orgullo para quienes perpetuamos la tradición familiar.
Me refiero a esta especie de sarampión, tan contagioso, que está afectando a gran parte de nuestros conciudadanos, especialmente del sexo femenino, empeñados en enmendar lo que la naturaleza y los genes de nuestros padres decidieron que fuéramos. Debo anticipar que no tengo ningún prejuicio contra la llamada cirugía estética ni contra quienes la practican; por el contrario, me parece una profesión muy digna, sobre todo cuando se orienta a reparar los destrozos causados por accidentes o heridas traumáticas o restauraciones de rostros deformes u otras partes del cuerpo afectados por malformaciones congénitas. Debo añadir que, incluso, estimaría oportuna tal clase de cirugía reparadora, para el caso de personas que viven principalmente de su apariencia física, como pudieran ser actrices y actores de cine o teatro; modelos de moda o, como no, señoras mayores a las que el envejecer les supone un trauma que les puede llegar a ocasionar algún tipo de enfermedad mental. ¡Estírense, en buen hora sus pellejos, afírmense sus carnes desprendidas o llénense de bótox los huecos que lo precisen todas estas personas si con ello no perjudican su salud, sacan beneficio económico o recobran su propia estimación!.
Otra cosa muy distinta es esta nueva moda extendida entre la juventud, por la cual cualquier adolescente que opina que le falta o le sobra algo, que tiene la nariz un poco inclinada o que piensa que es algo ancha o que estima que está algo curvada; o que calcula que el tamaño de sus pechos no es el que le gustaría que fuese o que se encontraría más a gusto con un trasero menos desarrollado; decida comenzar a dar la lata a su familia para que le permitan operarse. Tanto se ha popularizado esta manía, que ya se ha convertido en uno de los regalos preferidos para pedir por santos y cumpleaños. En cualquier caso, a los peligros que cualquier tipo de operación entrañan para cualquier persona y a los que es mejor no exponerse sin una causa grave, podríamos añadir la poca madurez de quienes optan por la cirugía reconstructiva y el hecho de que se dejan influir demasiado por una moda que, con toda probabilidad, puede cambiar en unos años, echando a perder todo el trabajo realizado por el especialista.
A mi criterio, la belleza es algo muy subjetivo y, afortunadamente, no existe un estereotipo que sirva de patrón para todas las personas. Es muy frecuente que una pequeño defecto, una asimetría, una característica exótica o una curva pronunciada que, en teoría, se pueda salir de los cánones comúnmente admitidos de belleza, le den a la persona que la posee una gracia especial, una personalidad determinada o una punta de sexualidad de la que puedan carecer quienes han sido agraciados con una belleza más perfecta, pero que puede resultar más sosa o menos incitante. Este afán de adocenamiento de la juventud, influida por la prensa rosa, las revistas de moda, los desfiles de modelos o los artistas de cine, no tiene otra explicación que esta tendencia, tan corriente en los tiempos actuales, de quedarse en la superficialidad, en lo externo, en la funda o sea en lo que pudiéramos calificar del merchandising para ofrecerse a los demás. Esta frivolidad, esta falta de responsabilidad y seriedad en las relaciones de pareja; este quedarse sólo en el envoltorio sin indagar en las virtudes o defectos de la pareja, es lo que ha conducido, sin duda, a la proliferación de las separaciones y divorcios que se está dando en la actualidad.
Esta mujeres de silicona, de pechos turgentes mega desarrollados y cuerpos fabricados a golpes de bisturí, no son más que la versión moderna de un monstruo del Dr. Frankestein, hecho de pedazos de otros hombres que, en teoría, debería ser un ser perfecto pero que, en la práctica, no resulta ser más que un pobre infeliz incapaz de integrarse en la sociedad. Me resulta algo imposible de digerir que pueda haber alguien a quien le apetezca un cuerpo, que se sabe positivamente que está cargado de aditamentos de hilo de oro y bolsas de silicona. Seguramente, lo primero que se me ocurriría en tal circunstancia, sería que, si me extralimitaba en mis demostraciones pasionales con la pareja, pudiera ocurrir que algún hilo se rompiera o alguno de los recipientes de silicona se reventara dejando como un globo desinflado aquel ostentoso atributo femenino.
En fin, qué les voy a explicar que ustedes ya no sepan. Si de mi dependiera, antes de permitir que una muchacha que estima que no está suficientemente dotada o se cree que tiene una nariz poco agraciada; se la aconsejara debidamente por el mismo doctor encargado de la operación o por sus propios padres, para que la hicieran reflrexionar sobre las posibles consecuencias que, para su vida futura, se pudieran derivar de haber alterado su figura artificialmente. Los cambios que el paso del tiempo, por si solo, pueden hacer en el cuerpo de una persona, nos dan la medida de lo inoportunas de algunas operaciones precoces que vienen a pretender enmendar los designios de la propia naturaleza. Falta información, falta prudencia y sobran impulsos, apresuramientos y malos consejos. La vida es larga y puede que, a la larga, algunos se lamenten de decisiones inmaduras tomadas durante la juventud.
http://servicios.eldiariomontanes.es/
Me refiero a esta especie de sarampión, tan contagioso, que está afectando a gran parte de nuestros conciudadanos, especialmente del sexo femenino, empeñados en enmendar lo que la naturaleza y los genes de nuestros padres decidieron que fuéramos. Debo anticipar que no tengo ningún prejuicio contra la llamada cirugía estética ni contra quienes la practican; por el contrario, me parece una profesión muy digna, sobre todo cuando se orienta a reparar los destrozos causados por accidentes o heridas traumáticas o restauraciones de rostros deformes u otras partes del cuerpo afectados por malformaciones congénitas. Debo añadir que, incluso, estimaría oportuna tal clase de cirugía reparadora, para el caso de personas que viven principalmente de su apariencia física, como pudieran ser actrices y actores de cine o teatro; modelos de moda o, como no, señoras mayores a las que el envejecer les supone un trauma que les puede llegar a ocasionar algún tipo de enfermedad mental. ¡Estírense, en buen hora sus pellejos, afírmense sus carnes desprendidas o llénense de bótox los huecos que lo precisen todas estas personas si con ello no perjudican su salud, sacan beneficio económico o recobran su propia estimación!.
Otra cosa muy distinta es esta nueva moda extendida entre la juventud, por la cual cualquier adolescente que opina que le falta o le sobra algo, que tiene la nariz un poco inclinada o que piensa que es algo ancha o que estima que está algo curvada; o que calcula que el tamaño de sus pechos no es el que le gustaría que fuese o que se encontraría más a gusto con un trasero menos desarrollado; decida comenzar a dar la lata a su familia para que le permitan operarse. Tanto se ha popularizado esta manía, que ya se ha convertido en uno de los regalos preferidos para pedir por santos y cumpleaños. En cualquier caso, a los peligros que cualquier tipo de operación entrañan para cualquier persona y a los que es mejor no exponerse sin una causa grave, podríamos añadir la poca madurez de quienes optan por la cirugía reconstructiva y el hecho de que se dejan influir demasiado por una moda que, con toda probabilidad, puede cambiar en unos años, echando a perder todo el trabajo realizado por el especialista.
A mi criterio, la belleza es algo muy subjetivo y, afortunadamente, no existe un estereotipo que sirva de patrón para todas las personas. Es muy frecuente que una pequeño defecto, una asimetría, una característica exótica o una curva pronunciada que, en teoría, se pueda salir de los cánones comúnmente admitidos de belleza, le den a la persona que la posee una gracia especial, una personalidad determinada o una punta de sexualidad de la que puedan carecer quienes han sido agraciados con una belleza más perfecta, pero que puede resultar más sosa o menos incitante. Este afán de adocenamiento de la juventud, influida por la prensa rosa, las revistas de moda, los desfiles de modelos o los artistas de cine, no tiene otra explicación que esta tendencia, tan corriente en los tiempos actuales, de quedarse en la superficialidad, en lo externo, en la funda o sea en lo que pudiéramos calificar del merchandising para ofrecerse a los demás. Esta frivolidad, esta falta de responsabilidad y seriedad en las relaciones de pareja; este quedarse sólo en el envoltorio sin indagar en las virtudes o defectos de la pareja, es lo que ha conducido, sin duda, a la proliferación de las separaciones y divorcios que se está dando en la actualidad.
Esta mujeres de silicona, de pechos turgentes mega desarrollados y cuerpos fabricados a golpes de bisturí, no son más que la versión moderna de un monstruo del Dr. Frankestein, hecho de pedazos de otros hombres que, en teoría, debería ser un ser perfecto pero que, en la práctica, no resulta ser más que un pobre infeliz incapaz de integrarse en la sociedad. Me resulta algo imposible de digerir que pueda haber alguien a quien le apetezca un cuerpo, que se sabe positivamente que está cargado de aditamentos de hilo de oro y bolsas de silicona. Seguramente, lo primero que se me ocurriría en tal circunstancia, sería que, si me extralimitaba en mis demostraciones pasionales con la pareja, pudiera ocurrir que algún hilo se rompiera o alguno de los recipientes de silicona se reventara dejando como un globo desinflado aquel ostentoso atributo femenino.
En fin, qué les voy a explicar que ustedes ya no sepan. Si de mi dependiera, antes de permitir que una muchacha que estima que no está suficientemente dotada o se cree que tiene una nariz poco agraciada; se la aconsejara debidamente por el mismo doctor encargado de la operación o por sus propios padres, para que la hicieran reflrexionar sobre las posibles consecuencias que, para su vida futura, se pudieran derivar de haber alterado su figura artificialmente. Los cambios que el paso del tiempo, por si solo, pueden hacer en el cuerpo de una persona, nos dan la medida de lo inoportunas de algunas operaciones precoces que vienen a pretender enmendar los designios de la propia naturaleza. Falta información, falta prudencia y sobran impulsos, apresuramientos y malos consejos. La vida es larga y puede que, a la larga, algunos se lamenten de decisiones inmaduras tomadas durante la juventud.
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